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¿Que es la piel sensible?

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El frío extremo, el calor intenso, la crudeza del viento y/o el brusco cambio de temperaturas sucede cuando se alternan lugares calefaccionados con el frío del exterior o viceversa, pueden ser causantes de deshidratación e hipersensibilidad. Pero su influencia es mayor en las pieles sensibles que reaccionan ante cualquier estímulo de manera mucho más pronunciada que el resto de las pieles. La piel sensible es una piel irritable, presenta hiperemia, calor, deshidratación y compromiso vascular. Las pieles con predisposición constitucional al enrojecimiento reaccionan con eritema a ciertos estímulos específicos, como rayos solares, frío, calor, alcohol, café, té.
¿Es rosácea?. No, pero la piel sensible no tratada es la antesala de la rosácea. Por lo tanto, nuestro objetivo para evitar esta afección es mejorar la microcirculación cutánea, tonificar las paredes capilares y combatir las asperezas difusas por medio de principios activos calmantes y descongestivos. ¿Por qué es tan importante prevenir esta lesión de la piel?. Rosácea es un término que proviene del latín y significa “parecido a una rosa”. Las lesiones se distribuyen en el centro facial: nariz, mejillas, mentón, frente, retroauriculares, cuello y escote. Durante años puede quedar detenida en la etapa telangiectásica (las famosas ‘arañitas’) pero cuando la enfermedad progresa, aparecen pápulas y pústulas llegando a un estadio hipertrófico más severo (rinofima). Si bien en la actualidad el trabajo interdisciplinario médico-cosmetóloga logra buenos resultados, siempre es preferible utilizar los medios disponibles para evitar su progresión porque lamentablemente es controlable pero no curable.

Cuando genéticamente se tiene esta predisposición es fundamental realizar un importante cambio de hábitos; seguir una dieta desprovista de condimentos picantes, alcohol, café, masticar lentamente, evitar las comidas y/o infusiones muy calientes, evitar baños de vapor, no exponerse al sol y en el caso de no poder evitar la exposición solar, hacerlo siempre con factor de protección solar mayor a 30. La rosácea es una enfermedad crónica de la piel que afecta fundamentalmente al rostro. Aunque puede aparecer a cualquier edad, predomina durante la tercera y cuarta década de la vida y alcanza su punto de máximo riesgo ente los 40 y los 50 años. Predomina en la mujer y es más común en las personas de tez clara. Las causas que la provocan todavía no han sido identificadas. Entre otros factores, uno importante parece ser la alteración en la microcirculación. En el primer estadio, la rosácea se caracteriza por un eritema persistente y telangiectasias faciales, aunque predominantemente en las mejillas. Cuando la enfermedad progresa aparecen pápulas y pústulas. En su estadio más avanzado puede darse una hiperplasia difusa del tejido conectivo y de las glándulas sebáceas. Esto puede causar una hipertrofia de la nariz, denominada rinofima. La rosácea se desarrolla en etapas y puede afectar a los ojos provocando frecuentemente inflamaciones como blefaritis y conjuntivitis. Su aparición clínica puede ser similar a la del acné, pero a diferencia de éste, la rosácea no es una enfermedad en la que se afecte primariamente el folículo pilosebáceo, además tampoco presenta comedones.

Todavía se desconoce la etiología precisa de la rosácea, aunque probablemente se trate de una etiología multifactorial. A lo largo de los años se ha informado acerca de varias causas de las que se sospecha, pero que no han sido confirmadas. Entre ellas se incluyen factores como la predisposición genética, la herencia, enfermedad inflamatoria intestinal, microambiente bacteriano, las enfermedades endocrinas, las carencias vitamínicas, las alteraciones microcirculatorias, las enfermedades hepáticas y los factores psicogénicos. Es posible que el estrés y otros factores psicológicos influyan sobre la rosácea, pero no es una causa primaria.

Las personas con rosácea tienen predisposición a enrojecer y a ruborizarse. Se conocen muchos desencadenantes: el calor, el frío, la radiación ultravioleta, las emociones, el alcohol, las especias o las bebidas calientes. Existe cierta predisposición genética en la rosácea. Entre el 30% y el 40% de las personas con rosácea tienen un familiar con esta enfermedad. La luz ultravioleta juega un papel esencial en el desarrollo de la rosácea. Afecta al tejido conectivo dérmico y a los vasos linfáticos y sanguíneos, además podría contribuir a la vasodilatación pasiva. La piel afectada por el sol es un antecedente constante en la rosácea. El daño solar es un hallazgo habitual en personas con rosácea que tienen la piel blanca.

Fluctuaciones en la temperatura ambiental empeoran la enfermedad. Especialmente las crisis de rubor (flushing) y el eritema facial se hacen más marcados al ingresar a un ambiente cerrado y caluroso, explicándose por estar alterado el tono vasomotor de los vasos sanguíneos faciales. Se ha constatado una agudización de la rosácea durante el embarazo, la menstruación y especialmente en el periodo climatérico. La rosácea es más habitual en las personas de piel clara que oscura, aún así, la población de piel oscura también puede verse afectada por la rosácea. Es más frecuente en las mujeres que en los hombres, aunque en ellas el desarrollo de la enfermedad suele ser menos severo. La hiperplasia del tejido conectivo y de las glándulas sebáceas que provoca el rinofima afecta casi exclusivamente a los hombres. La enfermedad es más habitual entre los 40 y 50 años y raramente aparece durante las dos primeras décadas de vida.

Generalmente, la rosácea puede ser diagnosticada por el dermatólogo en un examen clínico. En algunos casos puede ser necesaria una biopsia de la piel para distinguir la rosácea de otras enfermedades. A veces la enfermedad puede manifestarse antes en los ojos que en la piel. Los factores desencadenantes son todos aquellos capaces de provocar enrojecimiento y rubor facial. Las personas de piel sensible o que padecen de rosácea deben evitar:
1. Temperaturas extremas como el frío o el calor.
2. Radiaciones ultravioletas: a menudo, la rosácea se asocia con una piel dañada por el sol (elastosis solar), que parece ser un factor desencadenante. Por este motivo se debe evitar la exposición a radiaciones ultravioletas tanto naturales como artificiales (cabinas de luz UV).
3. Estrés emocional: El estrés emocional provocado por la vergüenza o la ira puede provocar la ruborización.
4. Bebidas alcohólicas: Incluso pequeñas cantidades de alcohol producen vasodilatación.
5. Comida picante: Esta clase de comida induce ruborización y sudoración cutánea debido a un reflejo del nervio trigémino. También se aconseja que se eviten los quesos fermentados.
6. Bebidas calientes: Las bebidas calientes provocan el sofoco debido al aumento de la temperatura corporal, motivo por el cual, debe evitarse el consumo de las mismas.


Tratamiento general
La mejoría es gradual y exige paciencia y perseverancia. La reeducación juega un papel importante en el tratamiento. Deberán utilizarse regularmente filtros solares con factor de protección alto. Se recomienda evitar los factores que causen vasodilatación facial, también debe evitarse el tabaco. Para prevenir los sofocos en un ambiente donde haga calor, tener unos trocitos de hielo en la boca ayudará a evitarlos. Existen además, cosméticos correctivos que ayudan a cubrir el enrojecimiento facial y las telangiectasias, no aliviará el estado de la piel pero contribuirá a mejorar el aspecto. En cosmética es conveniente tratar estas pieles con geles y lociones descongestivos, humectantes que resulten livianos y frescos, que contengan principios activos descongestivos como manzanilla, alfabisabolol, azuleno, hamamelis, aloe vera, boswelia, malva, té verde y vitamina C.



Fuente: Estilo Profesional
Autor: Carolina Bonaluce || Cosmiatra, esteticista.