Escribe: Nora Rubin (*)
La piel es el órgano más grande de nuestro cuerpo, comprende el 5% de su peso total, registra síntomas de dolor, temperatura, refleja emociones y sentimientos, y además, es carta de presentación. “Corpus sanum in cute pulcra” (Cuerpo sano en piel bella), una antigua sentencia médica que hace referencia a la estrecha relación entre una buena salud general y una piel sana y bella. La piel normal o eudérmica es fina, lisa, sin manchas, flexible, suave, tiene secreciones equilibradas, poros diminutos y cerrados, libre de espinillas e impurezas, no presenta descamación, presenta una capa córnea hidratada, brillo moderado y color uniforme.
La piel tiene cinco funciones básicas: protectora frente a las agresiones externas; de intercambio con el medio externo, no es una barrera totalmente impermeable; termorreguladora, mantiene constante la temperatura corporal; sensorial, como órgano táctil, capta todo tipo de datos sobre el entorno; y metabólica, siendo la más importante de éstas la síntes is. Está conformada por tres capas: la epidermis, dermis e hipodermis.
Epidermis
Es la capa externa transparente que cubre todo el exterior de nuestro cuerpo. Posee numerosas terminaciones nerviosas, lo que la hace un extenso órgano sensorial, con el que se detectan calor, frío, luz, gusto y tacto. A través de estas terminaciones nerviosas se experimenta placer y dolor, y se observan los cambios emocionales desde palidez hasta rubor. Está expuesta continuamente a la agresión externa, de la cual se resguarda gracias a su eterna renovación de adentro hacia fuera. Esto implica una enorme descamación de células muertas.
Está constituída por las células epidérmicas (queratinocitos), células de Langerhans (sistema inmune), melanocitos (sistema pigmentario) y células de Merkel (sistema nervioso). Tres regiones a nivel funcional que se renuevan desde la base de modo permanente:
1. Zona proliferativa (estrato basal): renovación celular.
2. Zona de diferenciación (estrato espinoso y granuloso): diferenciación y maduración celular.
3. Zona funcional (capa córnea): formación de una capa córnea protectora, eliminación celular.
Dermis
Es el tejido conjuntivo grueso, situado debajo de la epidermis. La “sustancia fundamental” es la matriz extracelular, las células fundamentales, fibras (colágenas, elásticas, reticulínicas). Su función es de nutrición y defensa de la epidermis. Contiene anexos cutáneos: córneos (pelos y uñas) y glandulares (glándulas sebáceas y sudoríparas). Es una capa muy flexible y sirve de anclaje a la epidermis.
Hipodermis: Es la capa más rica en grasa, nos sirve como amortiguador de golpes y traumas. Es aislante, evita las pérdidas de calor y como consecuencia la hipotermia. Es el “depósito de calorías”, la capa adiposa del organismo. Representa la reserva energética más importante del organismo gracias al almacenamiento y a la liberación de ácidos grasos.
La barrera epidérmica
Tiene tres estructuras: el manto lípido superficial, de escaso espesor; la capa córnea, con lípidos y queratina; y la capa espinosa, con permeabilidad selectiva. La piel está protegida de forma constante por un manto hidrolipídico. Este es una finísima emulsión natural compuesta por agua, grasa y restos de células muertas. Protege de agresiones externas y mantiene el pH de la piel dentro de los límites idóneos (5.5 – 6). Dentro de los factores que modifican la superficie cutánea se encuentran los no controlables y controlables.
Factores no controlables
Envejecimiento natural: a lo largo de la vida el organismo atraviesa una serie de cambios naturales que afectan la función y el aspecto de la piel. Sol: los rayos solares estimulan la producción de vitamina D de la piel, pero con el paso de los años, la continua exposición a los rayos ultravioletas del sol seca, daña y arruga la piel. Humedad: un bajo índice de humedad le quita a la piel la hidratación esencial. Una elevada humedad hace trabajar en exceso a las glándulas sudoríparas, dando a la piel un aspecto graso. Temperaturas extremas: extremos de frío o calor incrementan la pérdida de hidratación de la piel. Viento: puede dar lugar a una piel seca y escamada. Por otro lado, el polvo y la suciedad que levanta el viento golpea la piel y se adhiere a ella, bloqueando los poros y ahogándola. Contaminación: se atribuye a la contaminación atmosférica, causando sensibilidad, erupciones, acné, otras condiciones eruptivas y deshidratación de la piel, entre otras.
Factores controlables: Sueño: durante el sueño la piel se renueva por sí sola creando nuevas células. Una piel sana exige dormir las horas adecuadas. Agua: es el elemento líquido que el organismo precisa para eliminar las impurezas del sistema. Beber de 6 a 8 vasos de agua al día contribuye a mejorar la circulación y acelera el crecimiento de las células. Nutrición: los alimentos proporcionan las vitaminas y los minerales necesarios para el funcionamiento del organismo. Existe una relación directa entre una piel sana y una buena nutrición. Ejercicio: contribuye a revitalizar la circulación de la sangre hacia la superficie de la piel para regenerarla. Stress: puede tener drásticos efectos sobre la piel, provocando en ocasiones la aparición de manchas, urticaria, pérdida de color y ojeras. Sustancias tóxicas: el tabaco, el alcohol y la cafeína y ciertos medicamentos pueden incidir negativamente sobre la piel.
Lesiones: Las lesiones cutáneas elementales semiológicas son: mácula o manchas (eritema, melasma, púrpura); pápula (ronchas, urticarias); tubérculo; nódulo; vesícula (acné, rosácea); ampolla (quemaduras de segundo grado); pústula. Las lesiones cutáneas elementales secundarias: escama (pitiriasis, psoriasis); costra (herpes simple); escoriaciones (acné); úlceras (de evolución crónica); grietas y fisuras (en cutis secos); escaras; liquenificación; atrofia (disminución de espesor cutáneo); esclerosis (endurecimiento o condensación cutánea).
Problemáticas visibles de la piel
a) Alteraciones epidérmicas. Hiperqueratosis: espesamiento de la capa córnea. Acantosis: aumento de capas celulares espinosas. Paraqueratosis: maduración córnea viciada. Disqueratosis: queratinización individual precoz. Poiquilocaiosis: desigualdad de tamaños de los núcleos epidérmicos.
b) Alteraciones dérmicas. Transformación de histiocitos en macrófagos, células gigantes, multinucleadas. Edema, alteración fibrinoide, necrosis, modificaciones del colágeno, neoformación reticulínica en ciertas reacciones inflamatorias. Lesiones vasculares: vasodilataciones, necrosis fibrinoide, esclerosis, entre otros.
c) Alteraciones hipodérmicas. Liponecrosis, reacción celular lipofágica, proliferación histiocitaria.
(*) Cosmetóloga, Coordinadora de la Tecnicatura de Dermatocosmiatría de la Universidad de Maimónides.
Fuente: Revista Estilo Profesional
Autor: Nora Rubín
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